Durante el último mes he estado conduciendo varios SUVs chinos de última generación. Coches modernos, cargados de pantallas, asistentes, interiores espectaculares y un precio que siempre es imbatible. La receta es casi siempre la misma. Nos ofrecen mucho coche, mucha tecnología y una etiqueta ECO o CERO que encaja perfectamente en el discurso actual del automóvil –o al menos con el discurso político-.
Pero hace unos días me subí a algo muy distinto, un Audi A3 Sportback 30 TFSI de 116 CV con etiqueta ECO. Un compacto europeo de los de toda la vida. Y tras apenas unos kilómetros tuve una sensación que me resultó bastante incómoda. Durante varios kilómetros se me pasó por la cabeza que igual estamos perdiendo el norte con la obsesión actual por los SUVs gigantes y los gadgets digitales.
No porque los coches chinos sean malos. De hecho, algunos son sorprendentemente buenos. El problema es otro.
El exceso de coche se ha convertido en la norma
Muchos de los SUVs que he probado durante estas semanas comparten el mismo patrón claro: son enormes.
Anchos, altos, pesados y con un diseño pensado para aparentar más coche del que realmente necesitas. Algunos rondan los 1.800 o incluso 2.000 kg, incluso en versiones híbridas sencillas. Y todos prometen lo mismo, mucho espacio, mucha presencia y mucha tecnología.
El problema aparece cuando empiezas a usarlos en el día a día. Calles estrechas, aparcamientos subterráneos, garajes antiguos, en definitiva, maniobras imposibles. De repente te das cuenta de que la mayor parte de ese coche sobra.
Sí, vas alto. Sí, tienes cámaras de 360 grados. Sí, el interior parece una tablet gigante con ruedas. Pero conducirlos rara vez resulta especialmente agradable.
Volver a un compacto te recuerda cómo debería sentirse un coche
Luego te subes al Audi A3 Sportback 30 TFSI de 116 CV y todo cambia. No es un coche espectacular. No pretende serlo. No tiene una pantalla de 20 pulgadas ni un diseño que parezca salido de un salón del automóvil de Shanghái.
Lo que tiene es otra cosa y esto es una mezcla entre proporción, coherencia y sentido común.
El A3 mide lo que tiene que medir. Pesa lo razonable. Se mueve con agilidad. Y sobre todo se conduce con una naturalidad que muchos coches actuales parecen haber olvidado.
El comportamiento es ágil y equilibrado. Todo responde como esperas que responda. La dirección es precisa, el coche entra bien en curva y transmite esa sensación de control que muchos SUVs, simplemente por tamaño y peso, no consiguen.
No necesitas diez cámaras ni sensores cada cinco centímetros. Simplemente ves el coche, lo sientes y lo colocas donde quieres.
116 CV que, sorpresa, son más que suficientes
En el contexto actual, hablar de 116 CV casi parece una broma. Hoy todo gira en torno a los 200, 300 o incluso 500 CV eléctricos.
Pero en un compacto bien afinado, esos 116 CV cumplen perfectamente. No es un coche para correr, obviamente. Pero acelera con solvencia, se mueve ligero y consume poco. De hecho, una de las cosas que más sorprende es precisamente el consumo.
Incluso con una unidad equipada con paquete S line y llantas bastante grandes, algo que normalmente penaliza la eficiencia, es fácil ver cifras por debajo de los 6 litros a los 100 km en uso real.
Eso lo coloca muy cerca de los consumos de muchos diésel modernos, algo que hace unos años parecía difícil de imaginar en un gasolina de este tipo.
Además, al ser microhíbrido con etiqueta ECO, tiene las ventajas prácticas que ahora importan como el acceso a zonas restringidas y ZBE, beneficios fiscales y un consumo muy razonable para el día a día.
Los híbridos chinos aún tienen algo que aprender
Conviene dejar algo claro que los SUVs chinos no son malos coches. Muchos tienen interiores bien rematados, una dotación tecnológica muy generosa y, en algunos casos, precios bastante competitivos para el tamaño que ofrecen. Además, la mayoría llega con mecánicas híbridas o híbridas enchufables, algo que debería traducirse en eficiencia.
Pero en la práctica, después de conducir varios de ellos, hay una sensación que se repite. Los sistemas híbridos todavía no están tan afinados como los de muchos fabricantes europeos.
La entrega de potencia no siempre es tan progresiva, las transiciones entre motor eléctrico y térmico a veces resultan algo bruscas y, sobre todo, los consumos reales no siempre son tan buenos como cabría esperar viendo las fichas técnicas.
Y eso resulta especialmente llamativo cuando te bajas de uno de esos SUVs híbridos o PHEV de más de 200 CV y te subes a un compacto europeo de gasolina con microhibridación de solo 116 CV que, en uso real, se mueve con consumos por debajo de los 6 litros. Ahí es donde se nota la experiencia acumulada de décadas afinando motores térmicos.
Probablemente sea solo cuestión de tiempo. La industria china avanza muy rápido y es bastante probable que en pocos años esta diferencia desaparezca. Pero ahora mismo, en lo que respecta a puesta a punto de motores y eficiencia real, todavía veo cierta distancia.
Menos pantallas espectaculares y más ergonomía
Otro detalle que se aprecia nada más sentarte es que todo está donde tiene que estar.
El sistema de infoentretenimiento funciona como debe funcionar: rápido, lógico y bien estructurado. No necesitas navegar por tres menús para encontrar una función básica.
Audi sigue manteniendo en el A3 algo que muchos fabricantes están eliminando: mandos físicos para el climatizador y para las funciones importantes. Parece una tontería, pero cuando conduces lo agradeces muchísimo.
Y luego está el cuadro de instrumentos digital, el Virtual Cockpit. No es nuevo en el mercado, pero sigue siendo mucho mejor que el de la gran mayoría de coches chinos actuales. La información está clara, la personalización es útil y, sobre todo, todo funciona con una fluidez impecable.
Puede parecer un detalle menor, pero cuando llevas semanas probando sistemas que a veces parecen más pensados para impresionar en un concesionario que para usarse conduciendo, se nota.
El problema inevitable: el precio
Ahora bien, sería injusto ignorar la gran ventaja que tienen los coches chinos en este momento, el precio.
Porque aquí está una de las claves de todo el debate. Un Audi A3, incluso en su versión de acceso como este 30 TFSI de 116 CV, no es precisamente barato.
Si miramos únicamente la etiqueta del concesionario, la realidad es bastante clara, por lo que cuesta este A3 básico puedes llevarte un SUV chino mucho más grande, mucho más equipado y, en apariencia, con mucha más tecnología.
Más pantallas, más potencia, más espacio, más batería en el caso de los PHEV… en definitiva, más coche en términos de tamaño y equipamiento. En definitiva, más por menos o más por lo mismo, que hoy por hoy, es un factor de compra decisivo.
Y esa es precisamente la razón por la que están teniendo tanto éxito. Si un coche se fabrica en China, con sus costes industriales y su escala de producción, el cliente puede acceder a algo mucho más grande y aparente por el mismo dinero.
La cuestión es si todo ese “más” realmente se traduce en una mejor experiencia de conducción o en un coche más equilibrado.
Igual el coche lógico sigue siendo un compacto
Después de semanas conduciendo SUVs enormes, el Audi A3 Sportback se siente casi como un regreso a lo básico. No es el coche más llamativo del mercado. Tampoco el más tecnológico. Ni el más potente.
Pero todo está en su sitio. Tamaño lógico. Peso contenido. Consumos casi de diésel. Buen comportamiento dinámico. Ergonomía bien pensada. Y una tecnología que funciona como debería.
Quizá por eso, al bajarme del A3, pensé algo bastante simple que os dejo a modo de reflexión personal: igual no necesitábamos hacer los coches tan grandes para avanzar.
















